
“¡Qué lindo don Diego, si no estuviera muerto!”
(Refrán español).
El Candidato se despertó tarde esa mañana.
Parpadeó un poco y demoró unos segundos en comprender dónde estaba. Tantas noches de dormir en diferentes habitaciones a lo largo y ancho del país, lo habían extenuado. Apretar decenas de miles de diferentes manos, hablar, gritar y repetir lo mismo cientos de veces, escuchar una y otra vez a su insoportable compañero de fórmula lo tenían aturdido.
Estaba en la cama de su casa. Por fin.
Apretó el timbre que estaba al lado de la mesa de luz, y segundos después entró la mucama. Abrió las cortinas y la luz del día entró con bastante violencia, obligándolo a despertar del todo.
Otra mucama ingresó en silencio y le dejó la bandeja del desayuno. La primer comida del día estaba diseñada por un especialista en este tema, e incluía una dieta específica para fortificarlo y recuperarlo de ciertos excesos en comida y bebida. No se puede recorrer cada pueblito del país sin encontrarse con muchos amigos, y los amigos del Candidato no eran precisamente abstemios. Y además, estaba el tema de las mujeres.
Mientras bebía jugo de papaya y relojeaba los canapés de caviar, entró su secretario personal con una selección de los recortes de prensa realizada por un analista que se levantaba a las seis de la mañana para que el Candidato tuviera a primera hora la información más importante del día anterior y la agenda del día.
“Nacho”, dijo el Candidato, “ahora no tengo ganas de leer la prensa. Dejalos en mi escritorio que después los miro”.
“Como usted diga, doctor”, contestó su ayudante y se retiró del cuarto.
Mientras el Candidato miraba pensativo el bamboleante trasero de la mucama más joven, los recuerdos de la noche anterior le vinieron a la cabeza.
Una noche terrible.
Era previsible que no ganara esta vuelta de las elecciones, pero no había perdido la esperanza de mejorar los resultados que las encuestas le venían otorgando en las últimas semanas. Pero se dio el peor escenario: una pésima votación. Aún peor que la última encuesta.
No lograba entender por qué la gente de su país lo odiaba tanto. Estaba convencido que a pesar de ciertos pecadillos que había cometido en su ex presidencia, no era ni mejor ni peor persona que los demás. No le entraba en la cabeza que la ciudadanía prefiriera a un palurdo desaliñado y maleducado, que no sabría distinguir entre un huevo Fabergé y uno pasado por agua.
“Alcánceme la robe de chambre, Marita…”, dijo a la mucama. La chica se la llevó y esperó la habitual palmada en la cola, pero esta vez el Candidato omitió hacerlo.
Se levantó y rengueando un poco bajó la maldita escalera y se dirigió al estudio. Entró y se sentó, mirando a su secretario que esperaba silencioso.
“Bueno, no voy a demorar esto porque no tiene sentido. Llamame al vasquito que voy a hablar con él antes que la prensa me empiece a acosar con la pregunta”, dijo el Candidato mirando por la ventana que daba al hermoso jardincito japonés del fondo.
“Doctor, ¿no sería mejor conversarlo antes con sus compañeros de partido?”, dijo el secretario sorprendido.
“No, Nacho. Estas cosas hay que resolverlas rápido. La vez anterior lo resolvimos en la misma noche y fue un golpe de efecto tremendo. No les podemos dar a esos descosidos ni un metro más de ventaja”, y el secretario notó que ya empezaba a perder la paciencia.
El asistente tomó su celular y empezó a buscar en la agenda el número. El Candidato se enderezó en la silla y le aclaró: “No quiero hablar por celular. Que te dé un teléfono fijo para llamarlo, esto es demasiado serio para que alguien más lo escuche”. Pensó: “Tengo que estar en todo, estoy rodeado de incapaces”.
El secretario demoró unos minutos haciendo las llamadas, y finalmente le alcanzó un papel con un número anotado y salió de la habitación cerrando la puerta.
El Candidato digitó los números y escuchó la señal de llamado. A la cuarta vez, alguien atendió del otro lado.
“¿Hola?”, dijo una voz de hombre. Que no era con quién quería hablar.
“Hola”, dijo con un dejo de irritación, “soy el Candidato, páseme con su patrón, si no es molestia”. No lo había atendido directamente, y eso era una mala señal, una falta de respeto. Justamente a él. Ya lo pondría en su lugar a ese pichón de Hereford.
Pasaron unos segundos y finalmente se escucharon unos pasos que se acercaban al micrófono.
“¿Holá?”, dijo la joven voz del vasquito.
“Hola, ¿cómo te va?”, dijo el Candidato.
“Qué tal, como le va, doctor”, dijo el otro sin tutearlo.
“Me imagino que estarás contento, te fue bastante bien…”, dijo el más veterano.
“Sí, por suerte logramos llegar al objetivo. Hoy vamos a tener una reunión de evaluación con el resto de los muchachos y luego vamos a dar una conferencia de prensa. ¿Usted amaneció bien?”, dijo con un poco de sorna.
“Bien, gracias. Mirá, te llamo para ver si podemos tener una charla previa a hablar con la prensa, para no dar lugar a confusiones. Necesitamos que la sensación pública sea favorable desde el principio mismo, sin que haya dudas de nuestra posición.”, dijo el Candidato.
“¿Nuestra posición?”, dijo con vacilación el otro.
“Claro, muchacho. ¿O no estamos en el mismo barco?”.
Hubo un silencio incómodo del otro lado del auricular.
“Mire, doctor: no entiendo muy bien qué es lo que usted quiere decirme”
“¿Cómo qué quiero decirte?”, dijo el Candidato y tuvo que tomarse un par de segundos para serenarse. Pensó “Tranquilo, este perejil es medio lento de entendederas”.
Tomó aire y agregó: “Lo que quiero decirte es si hoy podemos dar una declaración de unidad a la prensa. Si no actuamos con decisión, nos van a pasar por arriba. Tenemos chances, todavía no está perdido pero debemos mantener una posición única ante la prensa, sin fisuras. No digo que salgas ya mismo a hacer campaña por mi candidatura, pero tenemos menos de un mes para conseguir los votos y ganar la elección…”
“¿Campaña por su candidatura?”, dijo la voz del otro con incredulidad no velada. “¿Quién le dijo que yo voy a hacer campaña por usted?, agregó irritado.
“No entiendo”, dijo el Candidato. “¿A quién vas a apoyar entonces”, dijo tratando de hacerse el canchero. “¿Vas a hacer campaña por el quintero?”.
“Me parece doctor que usted está un poco confundido. No voy a apoyar a nadie en esta etapa…”.
El Candidato sintió que su corazón se detenía por un segundo. Tuvo que recostarse en la butaca y abrirse las solapas de la bata. Unas palpitaciones reanudaron el ritmo cardíaco. Sentía un leve gusto metálico en la boca.
El otro reanudó la conversación: “Ayer tuvimos una charla con varios dirigentes más cercanos, y algo que veníamos hablando informalmente con mi vice tuvo el acuerdo de prácticamente todos. Si teníamos una mala votación, íbamos a apoyarlo a usted, pero si votábamos bien preferiríamos trabajar para el futuro del partido. Como votamos mucho mejor que lo que nos habíamos puesto como objetivo inicial, es lógico que nos abstengamos públicamente, más allá de lo que quieran hacer los votantes.” terminó por decir.
El veterano dirigente no lo podía creer.
“¿Y vas a permitir que ganen, así, impunemente?”, pudo balbucear.
“Mire doctor, vamos a ser realistas, usted tiene muy pocas chances de ganar. Yo hago campaña por usted, y pierde. Le estaría entregando mis votos a cambio de nada. Yo no hago campaña por usted, y gana. ¿Con qué votos va a gobernar, si apenas llega al tercio del parlamento? Me necesita igual y tendríamos que negociar antes que asumiera. Y no tenga dudas, le voy a pedir mucho. Va a tener que co gobernar conmigo. Así que…”
“¿Y el país? ¿Vas a dejar que estos tipos nos gobiernen cinco años? ¡Podemos ganar, podemos tirar atrás un montón de cosas que no nos sirven!¡Además sería la muerte de nuestros partidos…! ¡Tus votantes no te lo van a perdonar nunca, nunca!”, dijo el Candidato fuera de sí.
Del otro lado del teléfono hubo un resoplido.
“¿Sabe una cosa? Yo voy a ser la figura más importante de la oposición. Su partido se va a pasar cinco años acuchillándose los unos a los otros, buscando el culpable de esta derrota. Y no tienen a nadie con el suficiente prestigio y juventud como para salir vivo de ese lío. Van a pasar unos cuantos años antes que se recuperen, y en la próxima seguramente el que dispute la presidencia sea mi partido y no el suyo. Así que le deseo lo mejor, y estoy a sus órdenes si gana. Que tenga buenos días, doctor…”, y cortó.
El Candidato se quedó por unos instantes con el teléfono en la oreja, escuchando el vacío. Luego colgó el auricular con lentitud, se paró y salió de la habitación. Su secretario lo miró pasar como un sonámbulo hacia el jardín.
Un saviá picoteaba el suelo junto a un membrillo japonés. Levantó la vista y miró un enorme eucaliptus cuyas ramas se mecían suavemente. Sacó una caja de cigarrillos y encendió uno con un Ronson de plata.
Exhaló el humo y miró el encendedor.
En la parte inferior, tenía labrada una inscripción.
“Para el mejor Presidente que tendrá este país. Tu esposa”.
Estuvo unos segundos pensando y de pronto levantó el brazo y lo tiró con todas sus fuerzas, lejos, pasando por encima de los árboles que se elevaban al fondo…